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CAPÍTULO 3. Mamauté y las construcciones de piedra

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Lo que nunca le conté a Nuamé es que esa tarde yo me senté al lado de su padre cuando se encontraba tiritando y muerto de miedo por el susto que se había llevado, y que le dije después, al oído, que se fijara en aquel tronco de árbol, hendido por el rayo, y que se diera cuenta que era un poco más largo que la anchura del cauce del río. El hambre, la necesidad de alimentar a los de su clan, y la imaginación del padre de Nuamé, junto con el trabajo cooperativo del resto de sus compañeros, hicieron el resto, lo que ya habéis visto en mi cuento anterior (Véase Capítulo 2. El gran mamut y el padre de Nuamé ).     Nuestra amiga Nuamé fue creciendo y un día (para ella, que era humana, pasaron varios años, aunque no muchos) se fijó en aquel joven perteneciente al grupo de seres que su tribu conoció poco después del episodio del mamut. Aquel hombre era diferente a los de la especie de mi amiga: Nuamé tenía la frente ancha y huidiza, el gran pelo enmarañado, y un cuerpo proporcionado pero robus