MEMORIAS DE MARCO. HISPANIA (VII). EMBALSES Y PANTANOS.
Siento que estoy llegando al final de mis días. Me da la impresión como si me hubiera hecho viejo en un momento; pero, no… Es la vida misma, la de cada uno, y la mía en particular, la que ha pasado en un suspiro. Es hora de dejar las cosas atadas y bien atadas. Y, para eso, me he obligado a pensar con serenidad. La misma serenidad de la que me he encontrado falto durante toda mi existencia. Aunque, gracias a las divinidades de mi hogar y a las sumas deidades del Olimpo con el venerado Júpiter, ¡oh, Júpiter!, a la cabeza, he podido enhebrar todas mis dudas con justicia. Y la justicia no es otra que dejar todo lo que poseo a los que últimamente se han conducido con amor hacia mí. Y no digo el amor interesado, el lastimero, ni sentimental por los tiempos pasados, sino el verdadero. El amor íntegro hacia mi persona, mis defectos y arrogancias, y hacia lo que me convertido. Y ese afecto sin tapujos, ni máscaras de comedias y dramas me lo han profesado, precisamente,...